Eran como las nueve ochenta de la mañana, el Pollo estaba sentado a sus anchas, en lo que quedaba del sillón de la sala, forjando un chancho después de haber desayunado unos ricos chilaquiles con queso bates y un aromático café de calcetín. En off se escurría una rola de Floyd. María, su ruca se le acercó y colocando sus brazos y baisas posición ollita de Tonalá, ¡bien acá!, en su cintura lo increpó a la brava con espíritu chingativo: (…)




















