Derrumbe Cotidiano
Jorge Alberto Mejía
Ed. El viaje
Guadalajara, 2026

Miguel Mariscal
Derrumbe cotidiano. Tratar estos dos términos, ya de por sí nos habla de una connotación donde varias aristas se concentran en un punto, desarrollando una simbiosis de acontecimientos, por supuesto, en caída, en fracaso, en resquebrajamiento que remiten al desequilibrio de estructuras sociales, políticas, económicas y culturales, entre otras. Todo lo que atañe a la cotidianidad del individuo, así como al conjunto de la sociedad.
Bien dicho es que el comportamiento de una sociedad lleva en sí mismo el comportamiento individual como un reflejo de su interacción, solo que a mayor escala y mayor complejidad. ¿Culpables? ¿Quiénes o desde cuándo? No lo sabemos, júzguelo usted; pero el fenómeno de derrumbe está y no verlo es invisibilizar el problema o justificarlo (como lo menciona la contraportada).
La cotidianidad se desarrolla como fondo social en el entramado de hábitos, interacciones y espacios, donde se reproduce nuestra identidad y realidad. Es donde se van forjando nuestros eventos históricos a través del tejido que se dispersa entre el trabajo, el vecindario y el tiempo libre. A su vez, la cotidianidad va moldeando las estructuras de la sociedad y su relación con el poder o el Estado que, por lo regular marcan la desigualdad.
Para entender lo cotidiano como motor y reflejo de la sociedad, hay que destacar dinámicas de suma importancia, las cuales consolidan normas y valores, o bien, generan espacios de resistencia. Dichas dinámicas se desarrollan el entorno inmediato como la calle, el trasporte público, el mercado o el vecindario, forjando el sostén dinámico de un sistema sociocultural. Y si dichas dinámicas se trastocan, éstas son capaces de crear crisis o transformaciones macroeconómicas que se resuelven en la inmediatez y de consecuencias irreversibles.
El derrumbe de lo cotidiano es la metáfora perfecta para hablar de una ruptura infranqueable de la normalidad o del estilo habitual de una sociedad. A la vez nos lleva a conjeturar la incertidumbre ante eventos inesperados o violentos, obligando a plantearse otras realidades, como la pérdida de confianza y la inseguridad en el diario vivir. Este escenario provoca el desconcierto existencial, incluso el sentido a la vida pierde validez para seguir luchando.
Pero, ¿qué responsabilidad tiene el Estado en este asunto de la cotidianidad? Mucha. Su función principal es organizar un marco político, jurídico y económico que garantice el bienestar común y la justicia social. Su intervención es crucial, ya que un buen desempeño permite equilibrar las desigualdades, proveer servicios básicos y generar estabilidad, logrando que la población viva en una armonía “aceptable” con pleno desarrollo social y económico.
Sin embargo, no es desconocido que nuestra realidad es otra. Un Estado neoliberal que se ha planteado per se la concentración de la riqueza, ha tenido como resultado una mayor precarización laboral, servicios públicos cada vez más escasos y sistemas de educación de baja calidad. En sí, generando mayores niveles de desigualdad y debilitamiento de las redes de protección social. Esta ausencia del Estado ha producido el surgimiento de nuevos actores de poder. La fuerte crisis en los aparatos de justicia de las instituciones encargadas de velar por los derechos y la vida de las personas, es producto de la corrupción y colusión de las autoridades con el crimen organizado. Todo un panorama desalentador para el de a pie.
Es por ello que escribir sobre la “cotidianidad” es una tarea difícil, precisamente por ser tan cotidianos los acontecimientos se permean, se funden en el actuar diario a tal grado que se invisibilizan. Dijo Sor Juana Inés de la Cruz: “Por querer mirarlo todo, nada veía”. Así nos pasa, nos acostumbramos a que la constante sea parte de nuestra existencia y al momento de extraerla para trazar una línea nos enrolla en un eterno circulo vicioso.
Y en medio de todo este choro Jorge Mejía inserta la otra realidad de las expectativas, a la que muchas veces le damos la vuelta o nos sumergimos en su rol cada vez más decadente. Puedo leer entre las líneas no escritas que Derrumbe cotidiano nos muestra una sociedad en decadencia, producto de esa interacción entre sociedad y estado. Y como traje a la medida, los diez relatos que nos brinda son suficientes para describirlo.
Hay un común denominador –así lo veo- en todos los relatos: La nostalgia. Cuando hablamos de derrumbe también implícitamente sabemos que hubo una cierta estabilidad, si no sólida por lo menos aceptable. Todos llegaron a un punto de quiebre, sea una relación amorosa, un hijo muerto, una relación fallida de trabajo, una infidelidad o una aparente amistad que llevó a consecuencias fatales.
La nostalgia se ve reflejada en los sucesos vivenciales que llevaron a los personajes, sin lugar a dudas, a mirar atrás en aquel punto donde inició todo y hoy los tiene en vilo. Vemos, por ejemplo, que “Roberta, nostálgica se recuerda a sí misma en los trajines, cuando era joven y tenía una familia… recordó el vigésimo quinto aniversario de la muerte de su hija”. En otra narración, Bernardo “mientras avanzaba, rememoró cómo regresó a la ciudad, nunca se imaginó estar de nuevo en ella”. Por último, cito, “Antonio recordó entre sueños los varios meses de peregrinaje de la tienda a la casona, de la huida a las bellas tardes conviviendo con Beatriz” —su novia muerta. Y así vamos con cada personaje en su derrumbe, en su punto cero, una especie de conflicto donde no hay marcha atrás.
Muchas veces lo narrado nos deja en esos puntos suspensivos que retan al lector para deducir los sucesos, para entender al detalle qué pasó después. Incluso creo que hay una especie de factor sorpresa o de expectativa, pero sutil, para regresar un poco a la lectura y decir: “leí bien”. y después continuar la narración de acuerdo con nuestras conjeturas, sin darlo todo en bandeja y no caer en lo predecible.
En mi perspectiva cada narración se va desenvolviendo como una proyección donde los actores hacen del diario vivir su espacio íntimo o en otros casos su refugio. Por momentos pareciera que los relatos fueron escritos por el autor que, con grabadora en mano y a un lado de cada acontecimiento, llevara su registro, en una prosa accesible, como si se tratase de una charla entre amigos, parientes o vecinos.
Al ir avanzando en la lectura me queda un dejo de estar inmerso casi en carne propia con lo sucedido a los personajes, hechos que de alguna manera nos atañe a todos y que incluso más de alguna vez, aunque sea ajeno, hemos experimentado. No es sólo imaginación lo narrado por Jorge, al contrario, su prosa se va haciendo más convincente a punto de llevarnos entre los pasillos interiores de la crónica misma.
Si dije hace un momento lo difícil de hablar sobre la cotidianidad y no caer en la simple narración es porque no es fácil extraer de la realidad su complejidad y el autor, en su libro, nos da esa cinta grabada en la memoria para no olvidar que aquí o allá afuera, hay un derrumbe latente que experimentamos y que muchas veces se nos escapa de las manos. Enhorabuena por Derrumbe cotidiano.



